Resulta inevitable. Un señor con problemas digestivos entra en la consulta del médico. Tras un tímido intercambio de saludos, procede a relatar los síntomas de su afección al facultativo mientras éste escribe en su ordenador el informe preceptivo. Aprovechando el intervalo, el señor observa con detenimiento cada detalle de la consulta: las fotos de la estantería trasera, el cenicero con una colilla recién apagada sobre la mesa, un calendario pro-vida junto a la impresora…

El dato curioso de esta historia radica en que, habiendo transcurrido solamente unos minutos desde que estos dos señores se han visto por primera vez en su vida, habiendo mediado entre ellos apenas cuatro o cinco palabras y, sobre todo, siendo sólo uno de ellos doctor en medicina, cómo es posible que en aquella pequeña sala de dos por dos los diagnósticos sean ¿tres? Sí tres: el primero, y seguramente el más acertado, el que el propio paciente había realizado sobre sí mismo en función de los síntomas y de su propia intuición. El segundo, el más relevante, el del médico sobre el paciente, según lo que este último le había relatado (sería para un comentario a parte analizar cómo un médico es capaz de diagnosticar a alguien con una media de atención de cuatro minutos por paciente). ¿Y el tercero? Pues el más importante de todos: el que el paciente ha hecho sobre su médico. “Así que con cinco hijos, y fuma como un carretero... Este debe estar amargado en casa. Seguro que su mujer lo tiene más recto que una vela. Más vale ser simpático y discreto. Sobre todo que no me vea el llavero del Mercedes, que la envidia es muy mala, y entonces no hay quien me libre de la colonoscopia”.
Si el paciente fuera pacienta, aún entrarían en juego otros datos a priori menos relevantes tales como si lleva o no alianza, si su camisa está más o menos planchada o si la foto de la señora sobre su espalda es previa o posterior a los cinco partos.
Es así. Los seres humanos, animales miedosos por naturaleza, necesitamos un esquema mental claro y definido del fulano que tenemos delante. Que dicho esquema sea más o menos acertado en esos momentos resulta secundario. No se trata de prejuicios, nada que ver. Digamos, más bien, que es una mera cuestión de supervivencia, una forma de subsistir en esta selva de las relaciones humanas.
En materia de conocimientos pasa tres cuartos de lo mismo. ¿Quién hay hoy en día que reconozca su ignorancia respecto de cualquier tema en el candelero? Ni siquiera la duda socrática goza de predicamento (con lo bien que queda decir “sólo sé que no sé nada”). Eso ya no se cultiva. Ahora todos (me incluyo) opinamos de todo. Y en principio está muy bien, siempre y cuando no obviemos nuestras limitaciones.
En esto tienen gran parte de culpa la proliferación de las tertulias, sean radiofónicas o televisivas: “Esto es así porque se lo he oído a María Antonia…”, “no, no, porque Federico ha dicho esta mañana…”. Por lo menos en estos casos se tiene la decencia de nombrar a la fuente. Pecado mayor el de aquel que tras empaparse hasta las orejas de la ronda de “profesionales” alega campanudamente “yo opino que…”.
Este es un saco en el que entramos todos, repito, yo el primero.
Bueno, ¿y el rollo éste a qué viene? Si os digo que la columna iba sobre el aborto no me creeríais. En principio era así. Concretamente, contra todos aquellos tópicos que rodean este desgraciado tema y que lamentablemente la gente repite como papagayos sin pararse siquiera a pensar en lo que dicen.
Pero eso ya para otro día. Mientras tanto, amigo, ¡SAPERE AUDE!